Cuando The Devil Wears Prada llegó a los cines en 2006, no solo redefinió una etapa importante en la carrera de Meryl Streep, sino que convirtió a Miranda Priestly en uno de los personajes más icónicos y temidos del cine moderno. Junto al sarcasmo afilado de Emily, la caótica evolución de Andy Sachs y el inolvidable Nigel interpretado por Stanley Tucci, la película terminó transformándose en un fenómeno cultural lleno de frases memorables que siguen vigentes hasta hoy. Basada en la novela de Lauren Weisberger, la cinta original existió gracias al enorme peso de Streep como estrella, lamentablemente su secuela nace principalmente de algo distinto: la obsesión actual de Hollywood por explotar franquicias y propiedades conocidas que todavía generan nostalgia y relevancia cultural.

En los años 2000, las revistas eran el escenario perfecto para las comedias protagonizadas por mujeres, pero el panorama mediático de 2026 es completamente diferente. Ni siquiera los premios y reconocimientos periodísticos de Andy logran salvarla del golpe de las reestructuraciones corporativas y de una realidad donde la gente prefiere consumir contenido rápido en redes antes que leer artículos extensos. De hecho, pierde su trabajo apenas comienza la película. Sin embargo, rápidamente encuentra una nueva oportunidad en “Runway”, donde deberá ayudar a reconstruir la imagen de la revista tras un desastre de relaciones públicas. Esto le permite reencontrarse con personajes clásicos como Emily — ahora trabajando para Dior — y conocer a una nueva generación de asistentes, incluyendo a Amari, Charlie y Jin.

Aunque Andy ha madurado muchísimo desde la primera película, Miranda sigue sin confiar del todo en ella. Pero incluso alguien tan intimidante como Miranda Priestly termina enfrentándose a algo más fuerte que su carácter: el impacto brutal del capitalismo moderno y la transformación digital de los medios tradicionales. Con “Runway” al borde de desaparecer, ambas deben colaborar para evitar que la revista termine convertida en otro nombre olvidado dentro del cementerio de publicaciones legendarias.

The Devil Wears Prada 2 intenta cargar con el enorme legado de la original y, por momentos, parece demasiado condicionada por él. Uno de sus puntos más débiles es la nueva relación amorosa de Andy con Peter. Aunque Patrick Brammall tiene carisma de sobra, el personaje se siente superficial y prácticamente irrelevante para la trama. A diferencia de Nate en la primera película — a quien muchos odiaban injustamente, al menos generaba conflictos importantes — Peter parece existir únicamente para cumplir con la obligación de incluir un romance secundario.

La gran sorpresa de esta secuela está en Miranda. Esta vez se muestra mucho más contenida, un cambio interesante que refleja cómo han evolucionado las dinámicas laborales y cómo incluso alguien tan poderosa como ella no puede escapar de la digitalización y la crisis de los medios impresos. Meryl Streep logra darle al personaje una vulnerabilidad inédita, aunque el guion cae constantemente en explicar demasiado las emociones en lugar de mostrarlas de forma natural. Aun así, las actuaciones mantienen el nivel y el diseño de vestuario de Molly Rogers — lleno de brillo, lujo y extravagancia — que termina siendo uno de los mayores atractivos visuales de toda la película.

Lamentablemente, el guion nunca alcanza momentos tan memorables como el legendario monólogo del color cerúleo, las discusiones sobre las botas Chanel o las emotivas reflexiones de Nigel sobre lo que “Runway” significaba para él. A pesar de eso, hay escenas que sí logran conectar emocionalmente, especialmente cuando Andy habla con pasión sobre la importancia del periodismo y el valor de preservar los espacios culturales.

Aunque la secuela muestra una mayor diversidad de cuerpos en pantalla en comparación con la película original, eso no significa necesariamente que haya una evolución real en su discurso. Debajo de esa aparente inclusión, la película sigue arrastrando ideas bastante anticuadas sobre la apariencia física y el valor personal. El personaje de Benji Barnes, interpretado por Justin Theroux, es prácticamente una caricatura exagerada de todos los clichés asociados a los magnates tecnológicos modernos, mientras que Sasha, interpretada por Lucy Liu, funciona como la versión “moralmente correcta” de una multimillonaria. Theroux consigue sacarle mucho partido al personaje y protagoniza uno de los momentos más divertidos de la película cuando cree que Kendall Jenner se llama “Candle”. No obstante, y aquí viene el otro lado del paradigma, la película sigue usando la gordura como recurso cómico. Hay escenas donde el simple hecho de compartir espacio con una persona con sobrepeso es tratado como una pesadilla, además de diálogos sobre modelos “body positive” que se sienten viejos y desgastados incluso para estándares actuales. Resulta todavía más decepcionante considerando que la película incorpora a Caleb Hearon, uno de los comediantes más divertidos del momento, solo para desaprovecharlo casi por completo.

La película también transmite, quizá sin querer, una idea bastante incómoda: si eres exitoso y admirado, luces elegante y sofisticado; si eres ridículo o desagradable, tu físico será parte del chiste. Ese contraste termina dejando una sensación extraña, especialmente porque la gordofobia casual ya se siente increíblemente pasada de moda para una producción de 2026.

Lo más irónico es que The Devil Wears Prada 2 pasa gran parte de su historia criticando cómo el capitalismo moderno está destruyendo el periodismo, los medios y la cultura, mientras la propia película cae exactamente en aquello que denuncia. Habla constantemente de la importancia de los periodistas, pero llena sus escenas de influencers y celebridades digitales — las mismas figuras que han desplazado a muchos medios tradicionales — sin profundizar realmente en lo difícil que es sobrevivir hoy en esa industria. Andy pierde su empleo, sí, pero encuentra otro casi de inmediato y poco después ya está mudándose a un departamento de lujo, como si la precariedad laboral fuera apenas un detalle menor.

La película insiste en que destruir instituciones culturales empobrece a la sociedad, pero al mismo tiempo vive completamente de la nostalgia de la cinta original. Hace referencias constantes a escenas y diálogos icónicos, aunque nunca logra crear momentos nuevos con el mismo impacto. Incluso visualmente existe esa contradicción: todo luce impecable, brillante y extremadamente pulido, pero también artificial. Muchas escenas parecen más un comercial de moda carísimo que una película con identidad propia. Al final, lo que realmente sostiene la película son sus personajes. Sigue siendo entretenido volver a ver a Miranda, Andy y Emily interactuando porque existe un cariño genuino por ese universo. Pero justamente ahí está el problema: la nostalgia y el afecto hacen casi todo el trabajo que el guion no logra sostener por sí solo. Para una película que habla tanto sobre el valor del arte y la autenticidad, termina sintiéndose más como una imitación elegante y costosa de algo que alguna vez fue realmente especial.

gamecored score 6.5

PUNTOS BUENOS

El regreso de Miranda, Andy y Emily mantiene intacto el carisma del universo original, haciendo que sea fácil volver a conectar con los personajes. Meryl Streep ofrece una versión más vulnerable y humana de Miranda Priestly, aportándole nuevos matices al personaje. El diseño de vestuario y la estética visual siguen siendo espectaculares, con una producción elegante y llena de glamour que captura perfectamente el mundo de la moda.

PUNTOS MALOS

La película depende demasiado de la nostalgia y nunca logra crear momentos tan memorables como los de la cinta original. A pesar de intentar verse más moderna, sigue recurriendo a chistes anticuados sobre el peso y la apariencia física, algo que se siente fuera de lugar en pleno 2026.

CONCLUSIÓN

The Devil Wears Prada 2 es una secuela entretenida y visualmente impecable que revive con cariño a sus personajes clásicos, pero queda atrapada entre la nostalgia, un discurso contradictorio y la falta de momentos realmente inolvidables.