Es curioso pensar que Ryan Coogler ha estado inmerso en el cine de franquicias durante los últimos diez años. Quizá eso no resulta tan evidente porque su estilo siempre ha logrado brillar, incluso en producciones heredadas como Creed o en medio del aparato comercial de Black Panther. Su nuevo filme, Pecadores, transmite la energía de un director liberado: es su primer guion original desde Fruitvale Station (2012), y está cargado de ideas, en una narrativa violenta y caótica que revisita la historia de la cultura negra y su constante apropiación.
Situada en el Misisipi de los años treinta, en plena era de segregación racial y la Prohibición, Pecadores comienza con un guitarrista ensangrentado que corre desesperado hasta una iglesia, sosteniendo los restos de su «arma». Allí, su padre —el pastor— le exige que renuncie a su “vida pecadora” y deje la música. Justo cuando se espera su respuesta, Coogler corta la escena. Un día antes, Samuel, el joven en cuestión, se reencuentra con sus primos: los temidos gemelos Smokestack (Smoke y Stack, ambos interpretados por Michael B. Jordan), gánsteres conocidos en la zona.
Con corbatas y sombreros de distintos colores para distinguirlos, los gemelos han adquirido un viejo aserradero con la intención de convertirlo en un juke joint, un lugar de esparcimiento poco común para la población afroamericana de la época. Aunque no se puede asegurar la autenticidad de los acentos sureños, lo cierto es que las interpretaciones de Jordan son hipnóticas. Coogler aprovecha su magnetismo y les da trayectorias distintas. No obstante, durante buena parte del filme, el foco está puesto en Samuel, quien se ve envuelto en un mundo nuevo lleno de alcohol, criminales y músicos rebeldes. En ese sentido, este joven, criado en un ambiente religioso y ordenado, se enfrenta a tentaciones desconocidas.

Así comienza una frenética misión por abrir el juke joint esa misma noche, con Samuel sumándose como guitarrista al lado de Delta Slim, un carismático músico alcohólico interpretado por Delroy Lindo, quien aporta toques cómicos con impecable precisión. Pese a una advertencia inicial que sugiere que la música posee un poder místico capaz de invocar espíritus, sanar o atraer fuerzas oscuras, Pecadores se desarrolla durante un buen tramo como un drama histórico bastante contenido.
Coogler siempre ha demostrado una narrativa cuidadosa, incluso dentro del cine de alto presupuesto, pero en Pecadores su ritmo se vuelve aún más pausado. Su guion transita entre distintos personajes, desarrollando sus historias con detalle y profundizando en una comunidad de inmigrantes, desplazados y marginados que gradualmente entran en la órbita de los gemelos Smoke y Stack. A través de la cinematografía de Autumn Durald Arkapaw, colaboradora también en Black Panther: Wakanda Forever, Coogler dirige su mirada hacia estas comunidades excluidas. Durante gran parte del metraje, los personajes blancos aparecen en segundo plano, borrosos y periféricos. El uso alternado entre tomas en formato IMAX y la relación de aspecto 16:9 está cuidadosamente calculado, acompañado por estallidos musicales o momentos clave que expanden intencionalmente el encuadre.
Puede parecer una apreciación fría y analítica, pero Pecadores se despliega con un ritmo bien calibrado, entretejiendo conflictos cargados de emoción con momentos de ligereza a lo largo de una primera mitad más introspectiva. Esto se evidencia, por ejemplo, en un corte abrupto donde a Delta Slim le prometen cerveza ilimitada como pago, para luego mostrarlo tocando la armónica con entusiasmo en una actuación improvisada en la calle. O en cómo una charla entre Annie (interpretada por Wunmi Mosaku) y uno de los gemelos Smokestack evoluciona de una conexión espiritual a una mucho más carnal. En ese sentido, aunque Pecadores nunca trivializa la historia del sur estadounidense, eso no le impide disfrutar del caos divertido que surge de la mezcla entre músicos de blues, bebedores y vampiros.
Las temáticas relacionadas con comunidades marginadas se exploran a través de escenas cargadas de erotismo, estallidos sangrientos, impactantes prótesis, números musicales potentes, gags visuales e incluso intensas secuencias de acción. En ese sentido, la segunda mitad del filme se carga con una violencia estilizada que casi desborda la pantalla.

Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia, a medida que la cinta se adentra en el terror y se aproxima a lo visceral de obras de género a lo Carpenter (el propio Coogler ha citado The Thing y Salem’s Lot como influencias), el tono se vuelve más lúdico y fluido. Este cambio se manifiesta en una ambiciosa toma continua filmada en IMAX que se desliza por el juke joint. Es mejor vivirla que leer sobre ella, pero cuando la música se apodera del momento, Pecadores deja atrás el realismo y se lanza a una fusión audaz de anacronismos, donde la música se convierte en un ritual que une no solo a través del espacio, sino también del tiempo. Hay múltiples secuencias de baile, cada una más desbordante que la anterior (incluyendo una insólita danza celta interpretada por vampiros).
Este giro hacia el desenfreno llega acompañado por una banda sonora original, inventiva como siempre, compuesta por Ludwig Göransson. El tema principal arranca con una base de guitarra blues, sobre la cual se van sumando capas de otros géneros musicales de forma sutil. Pero también hay momentos en los que la sutileza se deja de lado, como en la introducción del vampiro Remmick (Jack O’Connell), cuya llegada se anuncia con una explosión de batería y riffs de guitarra eléctrica que suenan tan extraños como las criaturas demoníacas que presenciamos. Visualmente, los vampiros no se alejan mucho de lo humano, salvo por ese brillo antinatural en sus ojos oscuros, un detalle que intensifica la paranoia en el aserradero donde transcurre buena parte de la tensión.
Aunque ambas mitades parezcan muy distintas, la película nunca se siente fragmentada: una está diseñada para reforzar a la otra. La sensación de comunidad y protección que Coogler construye cuidadosamente en la primera parte es precisamente lo que la segunda se encarga de destruir, tal vez con la intención de que el espectador comparta la rabia y el luto por la pérdida de un refugio. La película sí llega a tambalear un poco bajo el peso de todas estas ideas, y su narrativa se extiende de forma inesperada incluso durante los créditos, con una reflexión final sobre el valor del pasado en el presente.

Con todo, resulta emocionante ver estas actuaciones musicales y sentir a Coogler libre para experimentar con el lenguaje cinematográfico y explorar temas políticos de forma menos contenida que bajo las reglas del universo Marvel. Pecadores logra un equilibrio entre el disfrutable caos y la tragedia por la destrucción de un espacio seguro, mientras utiliza el mito del vampiro para alimentar motivaciones que provienen directamente de esa mitad inicial tan contemplativa. Es fácil entender la seducción de la inmortalidad: vivir más allá de una época y un lugar donde nunca hubo garantías de seguridad, con la libertad de escapar tanto de la represión religiosa como de la opresión de la hegemonía blanca, sin temor a ser demonizado por ninguna de las dos fuerzas.
La cinta también lanza una mirada crítica sobre las contradicciones de la segregación en Estados Unidos: la deshumanización de quienes son considerados indeseables, combinada con la apropiación de su cultura. Delta Slim lo resume con claridad: “A los blancos les gusta el blues, lo que no les gusta es la gente que lo hace.” Desde esta perspectiva, los vampiros funcionan como una poderosa metáfora de las leyes de Jim Crow, pero también representan la histórica relación parasitaria entre la música creada por artistas negros y los oportunistas blancos que intentan desligarla de sus raíces. Bajo esta luz, participar en ese sistema realmente se siente como pactar con el diablo. Y aunque Pecadores no se limita a dar una única respuesta a su metáfora vampírica, resulta fascinante cómo Coogler retrata a la industria como una máquina que se alimenta de la sangre –literal y simbólicamente– de sus artistas.

PUNTOS BUENOS
La dirección de Coogler es sutil y realmente sensible. Las escenas en el juke joint son electrizantes. La banda sonora y las interpretaciones musicales son asombrosas.PUNTOS MALOS
Coogler no aporta nada nuevo a su representación de los vampiros. La película podría sentirse algo extensa.CONCLUSIÓN
Liberado al fin de las ataduras del universo Marvel, Ryan Coogler se luce y va más allá con su nueva propuesta, una película cargada de música y mezcla de géneros que demuestra todo su talento.