Double Fine Productions siempre ha sido uno de esos estudios que observo con cariño desde la distancia. Brütal Legend me encanta por toda la vibra heavy metal que destila, aunque su mezcla de géneros nunca terminó de atraparme. Y Psychonauts, que hoy encaja perfecto con lo que disfruto, simplemente llegó en una época en la que mis gustos iban por otro lado. Por eso Keeper —su juego más reciente— pintaba como el título que finalmente me haría dar el salto de espectador a fan declarado: su rarísimo protagonista y su precioso arte me hicieron pensar que quizá estaba a punto de engancharme con todo el catálogo del estudio. Y sí, la personalidad y el estilo están ahí a tope… pero el gameplay es lo que me frena de unirme de lleno al club de fans de Double Fine —al menos por ahora.
Desde el arranque, Keeper te lanza una dosis del tipo absurdo adorable. Twig, un ave marina de cuatro patas, huye de una nube oscura y termina cayendo sobre un faro destartalado. La torre se desploma, se fusiona mágicamente con unas raíces y de pronto… tiene piernas. Nuestro nuevo protagonista con forma de faro camina torpemente —normal, considerando que antes era un objeto inmóvil—, pero nada que unos tambaleos y golpes contra casas abandonadas no puedan arreglar.
Ese faro, antes inanimado, ahora está lleno de vida: su cuerpo cuarteado se mueve de forma insegura y sus expresivas cejas metálicas transmiten más emociones que muchos personajes completamente hablados. Y sin pronunciar una sola palabra, el juego desarrolla con mucha sensibilidad la relación entre Twig y esta estructura viviente mientras recorren una isla llena de sorpresas. Algo que debo empezar diciendo es que me gustó especialmente cómo su amistad va cambiando y madurando, algo fácil de reconocer en cualquier relación real.

Cuando por fin domina sus nuevas piernas, el faro inicia una travesía hacia la montaña más imponente de la isla, en busca de una cura para el Wither, esa nube misteriosa que unió al dúo. La isla es un espectáculo: cada zona está llena de colores, criaturas extrañas y diseños que parecen salidos de un sueño psicodélico. Cabe señalar que existe un mensaje ecológico que acompaña tu recorrido, ya que usas tu luz para ayudar a pequeñas criaturas afectadas por la corrupción del Wither.
La aventura avanza entre exploración y acertijos. El faro puede limpiar el Wither y activar mecanismos con su luz, mientras que Twig se encarga de mover palancas o recoger cosas desde lejos. El movimiento es lento —algo lógico para un faro con piernas—, y los acertijos, si bien tienen ideas originales, funcionan más como un elemento decorativo dentro del viaje que como desafíos realmente profundos.
El juego queda a un paso de convertirse en un simple “camina y sorprendente”. Los acertijos casi siempre tienen la respuesta justo al lado o te señalan el camino de una forma demasiado obvia. No necesito un rompecabezas que me dejen atrapado por días, pero si moverse por el mapa no demanda ningún esfuerzo, al menos debería haber algún tipo de desafío para equilibrar todo. En su lugar, todo fluye sin ninguna resistencia.
Quizá esto pasaría más desapercibido si recorrer el mundo fuera más estimulante. La primera hora —de un total de cuatro— se siente demasiado simple, y no pude evitar pensar si el juego iba a quedar a medio camino. Es cierto que en el segundo y tercer acto aparecen nuevas mecánicas, pero esos primeros compases realmente luchan por arrancar con firmeza.






Aun así, el mundo y la música tienen suficiente encanto como para que sigas avanzando solo por la atmósfera. La isla es pequeña, hermosa y creativa, tanto que terminé llenando mi disco de capturas. Probablemente te pasará lo mismo, porque la cámara fija limita la exploración visual y te obliga a quedarte con ciertas tomas.
Imagino que la cámara está fija por necesidad, ya que debes mover el faro y su luz a la vez, aunque también sirve para enmarcar mejor los escenarios más llamativos. Y en general no me molestó ceder ese control, pero ya hacia el final, cuando las zonas se abren y te vuelves más ágil, la cámara empieza a quedarse atrás y puede ser un fastidio.
A estas molestias se suma el desempeño técnico. Por más precioso y creativo que sea el juego, cuesta disfrutar las primeras escenas con tantas caídas de fotogramas que parece una exposición de arte sacudida por un terremoto. Imagino que esto lo corregirán con parches, pero si piensas jugarlo en su primera semana, es mejor que estés advertido.

Keeper me deja con sensaciones encontradas. Su presentación y dirección son brillantes, y ese encanto tan raro y adorable que tiene debería venir con advertencia. Pero a la hora de jugarlo, especialmente al inicio, me costó engancharme. La historia del faro y su amigo alado es realmente conmovedora y su mensaje ambiental está muy bien logrado; solo me habría gustado que tofo lo que haces para vivir esa experiencia de primera mano resultara un poco más entretenido.

Esta review fue escrita luego de jugar una copia digital de Keeper brindada por Xbox Game Studios para Xbox Series X.
PUNTOS BUENOS
Una presentación artística sobresaliente, con un estilo visual precioso, personajes memorables y escenarios que parecen sacados de un sueño psicodélico. Una historia emotiva y bien construida, centrada en la amistad entre Twig y el faro, acompañada de un mensaje ecológico que se integra de forma natural en la aventura. Un mundo y una ambientación encantadores, donde la música, el diseño de la isla y la atmósfera general hacen que valga la pena avanzar solo por la experiencia sensorial.PUNTOS MALOS
Jugabilidad poco estimulante, con acertijos demasiado fáciles y un ritmo inicial lento que dificulta engancharse desde el principio. Problemas técnicos y de cámara, con caídas de rendimiento y una cámara fija que puede resultar frustrante, especialmente en las zonas más abiertas del tramo final.CONCLUSIÓN
Keeper ofrece una historia cálida y encantadora sobre la amistad y la naturaleza, y brilla en todo lo artístico que suele definir a Double Fine. Sin embargo, su jugabilidad algo plana y unos acertijos que no terminan de convencer evitan que alcance el nivel de las mejores obras del estudio.