Es fácil imaginarse a Dan Trachtenberg, quien se ganó un lugar central en la saga Predator gracias a su destacada Prey, compartiendo tiempo con el guionista y codirector Micho Robert Rutare, mientras uno le pregunta al otro: “¿Quién ganaría en una pelea: un Depredador o un ninja? ¿Y si fuera un vikingo?”. Claramente son preguntas fundamentales en la cultura pop, y Predator: Killer of Killers las responde con tanto estilo y brutalidad que parece contagiar su euforia a todo aquel que la vea.
Lo más encantador del proyecto es que no pretende ser más de lo que es: una serie de enfrentamientos a muerte donde los alienígenas más agresivos del cine cazan a los guerreros humanos más temibles de la historia. Su propuesta es tan clara y directa que jamás da la impresión de ser un simple prólogo para Badlands, el próximo largometraje de Trachtenberg. Aun así, logra despertar, o reavivar, el interés por los “Yautja” con una fuerza sorprendente.
Con una narrativa que avanza a saltos por distintas épocas, la película se mueve como si usara los juegos de Assassin’s Creed como guía. Todo comienza en la costa de Valhalla, alrededor del año 841 d.C., donde Ursa, una valquiria consumida por la venganza (con voz de Lindsay LaVanchy), lidera a su hijo Anders en una incursión para asesinar al rey bárbaro que destruyó su aldea en su infancia. “¿Por qué luchamos?”, le pregunta al niño. “Porque nuestro enemigo aún vive”, responde ella.



Observando desde las sombras con su camuflaje activado, el Depredador parece haber viajado cientos de años luz solo para presenciar esta masacre de primera mano. Su código de combate, basado en la supervivencia del más fuerte, encaja perfectamente con el escenario. A lo largo de los tres primeros segmentos del filme, la táctica es siempre la misma: dejar que los humanos se destruyan entre sí y luego atacar al último, el más resistente, como prueba de su habilidad como cazador. Así, un momento Ursa celebra su victoria sobre el enemigo… y al siguiente, sus compañeros gritan “¡Grendel!” mientras el Depredador arranca espinas dorsales y convierte sus cuerpos en masas sanguinolentas.
Aunque estas pruebas de combate suelen ser bastante desiguales (no tengo claro qué demostraría un Depredador al usar un arma espacial de ondas expansivas contra alguien armado solo con una lanza de madera), los Yautja también fallan de forma espectacular en estas confrontaciones, dejando claro que los humanos siguen siendo el adversario más peligroso. Presentada como un enfrentamiento entre dos tipos distintos de “monstruos”, la sed de sangre de Ursa frente a un demonio extraterrestre, la batalla que domina gran parte del primer capítulo es, sin duda, un deleite para los fans del género.
Al igual que en sus posteriores segmentos, la idea moral de que “la violencia es primitiva” no impide que Rutare y Trachtenberg coreografíen con elegante detalle la pelea entre vikingo y alienígena. La animación digital, algo rígida en su falso efecto rotoscopiado, pero repleta de detalles y con la intensidad visual propia de una novela gráfica clásica, les permite crear escenas de acción que serían imposibles (o muy costosas) de lograr en el live action. Además, al prescindir del croma, el Volume y otros efectos digitales poco pulidos, los realizadores pueden aprovechar mucho mejor los entornos en los que se desarrollan las peleas.
La brutal pelea de Ursa, ya entretenida por su gore, gana aún más con la inteligente forma en que ella utiliza barcos vikingos como armas contra el Depredador, de la misma manera que el episodio siguiente, ambientado en Japón, saca el máximo provecho de la arquitectura del periodo Tokugawa, mientras un shinobi se desplaza por una fortaleza del siglo XVII con un Yautja tras sus pasos.

Si “La espada” recurre a todos los clichés culturales que esperarías, Rutare y Trachtenberg le dan la vuelta a la previsibilidad de su historia, dos hermanos criados por su padre como rivales amargos que luchan hasta la muerte para demostrar quién es el mejor, al aceptar esa simplicidad. Casi sin diálogos de principio a fin, el segmento destila la rivalidad fraternal a su esencia más pura para mostrar qué podrían lograr juntos si alguna vez unieran fuerzas, un tema que Killer of Killers retomará con intensidad en su cuarto segmento. Pero para llegar a ese punto, la película primero debe tomar vuelo, lo que hace en un capítulo ambientado en 1942, donde un mecánico naval (con la voz de Rick Gonzalez) roba un avión viejo y se lanza a la batalla contra la flota nazi, convencido de que algo oculto en las nubes ha estado derribando a sus compañeros. Este episodio tarda en arrancar, pues se centra en la recurrente obsesión de la película con niños intentando ganarse la aprobación de sus padres (un motivo importante en una saga preocupada por el valor propio, pero que Killer of Killers solo toca entre sus combates), y su parlanchín protagonista se vuelve rápidamente fatigante.
No obstante, una vez en el aire, Rutare y Trachtenberg se divierten creando un verdadero espectáculo de destrucción aérea, mientras nuestro protagonista intenta escapar de un caza alienígena con sistema de rastreo térmico desde la cabina de un vehículo en ruinas. Es aquí donde los directores comparten emocionantes escenas llenas de lluvia de miembros arrancados. La violencia gráfica no llega a los extremos más bravos de cualquier género gore que se respeto, pero aún así Killer of Killers mantiene su cuota de destripamientos sin caer en la simple provocación sin sustancia.
Para ese momento de la película, ya es claro hacia dónde se dirigen Rutare y Trachtenberg para el clímax: una batalla que combinará la venganza incierta de Ursa, la soledad arrepentida del ninja y la inventiva incansable del piloto. Esta parte final resulta un poco más caricaturesca y ligera que las anteriores, dado que “Killer of Killers” debe manejar varios personajes muy diferentes en un mundo alienígena hostil, cuyas reglas físicas son tan ficticias como los escenarios previos basados en hechos reales. Sin embargo, el guion logra integrar todas estas tramas con una precisión satisfactoria y, a diferencia de otros proyectos que podrían sentirse como mero fan service, Rutare y Trachtenberg reservan la única referencia clara a la franquicia “Predator” hasta los créditos finales.


Con una duración de alrededor de 80 minutos, Killer of Killers no aspira a ser un blockbuster dentro de una saga que siempre ha tenido problemas para encontrar su propia escala, pero se rehúsa firmemente a convertirse en un producto descartable como muchos spin-offs, remakes o secuelas que solo salen directo a streaming. Aunque sería genial ver esta película en cines, podría decirse que esto es justamente para lo que sirve el streaming: contenido extra muy bien elaborado, capaz de sostenerse por sí mismo y que merece toda la atención, mientras refuerza la importancia de los estrenos en salas. En un océano de contenido donde solo lo mejor sobrevive, “Killer of Killers” no tendrá problemas para destacar en lo absoluto.

PUNTOS BUENOS
La narrativa visual y estilo gráfico. Uso inteligente de escenarios históricos. Combates brutales y bien coreografiados. Expande el universo de los Predator.PUNTOS MALOS
La animación es genial, pero por momentos parece que muestra lo limitado de su presupuesto.CONCLUSIÓN
Dan Trachtenberg, junto a distintos Depredadores, recorre diferentes épocas de la historia humana, ofreciendo una cuidada estética que realza las impactantes secuencias de acción y la intensa y sangrienta violencia.