Han pasado años desde que Resident Evil llegó al cine por primera vez, y aunque la franquicia ha tenido adaptaciones de todo tipo, la nueva película de Zach Cregger logra algo que pocas habían conseguido: capturar la sensación de estar jugando Resident Evil sin depender de la nostalgia o del fan service. No intenta recrear escenas icónicas ni adaptar un título específico, sino construir una historia propia dentro de ese universo. Y, sorprendentemente, funciona.

Desde los primeros minutos queda claro que Cregger tiene muy claro el tipo de experiencia que quiere ofrecer. No busca hacer una película de terror psicológico ni una historia profunda, sino un recorrido frenético por escenarios llenos de monstruos, tensión y sangre. Todo avanza con un ritmo muy rápido que prácticamente no da respiro durante sus 90 minutos de duración.

Uno de los mayores aciertos es su protagonista, Bryan, interpretado por Austin Abrams. En lugar del típico héroe de acción que resuelve cualquier problema con facilidad, tenemos a un personaje completamente improvisado, torpe y humano. Se equivoca constantemente, falla disparos, toma malas decisiones y sobrevive más por insistencia que por habilidad. Esa vulnerabilidad hace que resulte muy fácil conectar con él.

Gran parte del humor nace precisamente de esa torpeza. Hay momentos donde Bryan intenta resolver situaciones como lo haría cualquier jugador en un videojuego y descubre que, en la vida real, las cosas no funcionan igual. Es un protagonista imperfecto y eso hace que cada enfrentamiento resulte mucho más entretenido.

Visualmente, la película también sorprende. La fotografía de Dariusz Wolski consigue que una historia desarrollada casi por completo durante la noche nunca se vea confusa. Los paisajes nevados, las carreteras vacías, los túneles abandonados y las calles de Raccoon City construyen una atmósfera inquietante, pero siempre perfectamente visible, algo que muchas producciones actuales no logran.

Otro aspecto muy bien conseguido es la estructura de la aventura. Bryan va avanzando de un escenario a otro —una granja, un túnel, un hospital, las alcantarillas y finalmente la ciudad— como si estuviera superando distintos niveles de un videojuego. Cada nueva ubicación introduce amenazas diferentes y mantiene la sensación constante de progreso, algo que hace que la película nunca pierda dinamismo.

Los monstruos merecen una mención especial. Cregger apuesta por criaturas grotescas, viscosas y extremadamente desagradables, alejándose del exceso de efectos digitales. Muchas de ellas fueron creadas mediante efectos prácticos, maquillaje y animatrónica, lo que les da una presencia mucho más física y aterradora. En ese sentido, hay diseños que recuerdan tanto al horror corporal de The Thing como a las pesadillas de Lovecraft.

Además, la película no tiene miedo de ser realmente gráfica. Cabezas explotando, mutaciones horribles, bebés infectados, ácido y litros de sangre convierten a esta versión de Resident Evil en una auténtica fiesta para quienes disfrutan del gore bien ejecutado. Nunca se siente gratuita; simplemente forma parte de la identidad de este universo.

Sin embargo, donde la película empieza a mostrar sus debilidades es en el guion. La historia plantea un conflicto interesante relacionado con Bryan y la posibilidad de convertirse en padre, pero esa idea apenas se desarrolla. Hay escenas que parecen conducir hacia una reflexión más profunda, aunque finalmente quedan abandonadas para dar paso a la siguiente secuencia de acción.

Ese problema también afecta al desarrollo emocional del protagonista. Bryan evoluciona durante la película, pero su crecimiento nunca termina de sentirse tan sólido como podría haber sido. Da la impresión de que el guion tenía ideas interesantes que simplemente decidió dejar en segundo plano para mantener el ritmo acelerado.

El acto final también deja sensaciones encontradas. Después de una construcción tan intensa, el desenlace resulta algo apresurado y no alcanza el mismo nivel de creatividad que el resto del recorrido. No arruina la experiencia, pero sí deja la impresión de que la película podía cerrar con mucha más fuerza.

Aun así, resulta difícil salir decepcionado. Resident Evil entiende perfectamente que el entretenimiento también puede ser una virtud. No pretende reinventar el género ni convertirse en una obra trascendental; simplemente quiere ofrecer una montaña rusa de tensión, criaturas grotescas y momentos memorables, y lo consigue casi todo el tiempo.

También se agradece que Cregger haya decidido construir una identidad propia. En lugar de depender constantemente de referencias para los fanáticos de los videojuegos, crea una historia que respeta el universo de Resident Evil mientras aporta una visión diferente, algo que pocas adaptaciones de videojuegos se atreven a hacer.

Probablemente quienes esperaban una adaptación directa de alguno de los juegos encuentren motivos para sentirse decepcionados. Pero quienes estén abiertos a una propuesta nueva descubrirán una película divertida, muy bien dirigida y con una personalidad propia, que demuestra que todavía hay formas interesantes de explorar esta franquicia en el cine.

Resident Evil no es perfecta. Su historia podría haber profundizado mucho más en sus personajes y el cierre deja un pequeño sabor a oportunidad desaprovechada. Pero cuando la película se concentra en lo que mejor sabe hacer —crear tensión, sorprender con sus criaturas y ofrecer un espectáculo sangriento increíblemente entretenido— es imposible no disfrutar el viaje. Es una de las adaptaciones más frescas de la saga y un excelente entretenimiento para los amantes del terror y el gore.

gamecored score 8

PUNTOS BUENOS

Austin Abrams ofrece un protagonista carismático, vulnerable y muy divertido. Excelente ritmo; sus 90 minutos pasan volando. Criaturas grotescas con un gran uso de efectos prácticos. La estructura recuerda constantemente a la progresión de un videojuego. Gran fotografía y atmósfera.

PUNTOS MALOS

El conflicto emocional de Bryan está poco desarrollado. El acto final se siente apresurado. Algunas ideas interesantes quedan sin explorar.

CONCLUSIÓN

Zach Cregger demuestra que no hacía falta adaptar un juego específico para capturar la esencia de Resident Evil. Aunque su historia no alcanza todo su potencial, su combinación de terror, humor, gore y acción convierte a esta película en una experiencia tremendamente divertida.