Techland se ha consolidado como un referente en la creación de juegos de zombis y mundos postapocalípticos, y con mucha razón. Desde el lanzamiento de Dead Island y posteriormente con la saga Dying Light, el estudio ha demostrado su habilidad para combinar acción intensa, mecánicas de supervivencia y un parkour ágil y libre, ofreciendo experiencias adictivas y bien construidas.

Dying Light: The Beast comenzó como una expansión de Dying Light 2, pero durante su desarrollo evolucionó hasta convertirse en un juego independiente. Esto se debió, supuestamente, a que los fans filtraron gran parte de la narrativa del DLC, lo que colocó al estudio en una situación complicada. Según el director de la franquicia, Tymon Smektała, tras varias semanas de deliberaciones internas, se decidió reiniciar la expansión y regresar al protagonista original, Kyle Crane, como eje central de la historia. Esta decisión generó nuevas oportunidades y entusiasmo dentro del equipo de desarrollo, llevando al juego a convertirse en una experiencia autónoma, más cercana a un Dying Light “3” que a una simple expansión.

Entonces, considerando los cambios realizados, en Dying Light: The Beast, los jugadores retoman el papel de Kyle Crane. Aunque su destino parecía sellado al final del primer juego y DLC, trece años después, Crane despierta nuevamente, esta vez capturado por una figura enigmática conocida como “The Baron” y sometido a brutales experimentos en una instalación tipo institución. Gracias a un ADN modificado, se convierte en mitad humano, mitad bestia, lo que define la dinámica central del juego. Es por ello que su motivación va más allá de la supervivencia.

El juego se desarrolla en Castor Woods, un ficticio pueblo turístico alpino dentro de un parque nacional. A diferencia del segundo juego, seguimos en Europa, pero el entorno es muy distinto y lleno de contrastes. El casco antiguo del pueblo, inspirado en destinos austríacos o suizos, es estrecho, oscuro y claustrofóbico, lo que impacta directamente la jugabilidad. Las calles parecen canales profundos y los techos, junto con el uso del parkour, se sienten más naturales y estratégicos que nunca, otorgando al juego un tono más intenso y oscuro que su predecesor.

Castor Woods no se limita a un entorno urbano, sino que incluye montañas, bosques, praderas, cuevas y varios complejos independientes. Los jugadores recorrerán terrenos abiertos, campos y bosques, o podrán usar vehículos para llegar más rápido a su destino. El mapa es amplio y, comparado con el juego anterior, se centra más en elementos no urbanos. Y aunque los vehículos son una adición relevante, el enfoque principal sigue siendo el parkour, la seña distintiva de la franquicia.

El parkour sigue siendo el núcleo y esencia de la franquicia Dying Light, y en este juego ha sido perfeccionado aún más. Kyle, el protagonista, se desplaza con agilidad por el mapa y los tejados de Castor Woods. Las animaciones son ágiles, rápidas y precisas, mientras que el diseño del mapa y del terreno está pensado para facilitar estos movimientos. Cada zona ha sido cuidadosamente diseñada para permitir un desplazamiento fluido, con múltiples rutas verticales, pasadizos secretos y obstáculos urbanos que requieren creatividad para elegir la mejor trayectoria.

No obstante, el parkour no es la única manera de moverse. Como el mapa incluye territorios extensos fuera de la ciudad, las habilidades de parkour no siempre son suficientes. Por ello, los vehículos repartidos por el mapa se vuelven esenciales, limitados únicamente por la cantidad de combustible. Al inicio, el combustible es escaso, y dependerá del jugador encontrarlo y recargarlo para seguir recorriendo este paisaje alpino. La física de conducción es precisa y los controles responden bien, algo clave considerando las carreteras estrechas y el espacio limitado. De hecho, resulta sorprendentemente entretenido por momentos poder atropellar zombis sin preocuparse por el combate cuerpo a cuerpo.

El combate también alcanza un nuevo nivel de brutalidad. El enfoque sigue siendo el cuerpo a cuerpo extremadamente intenso, donde cada golpe tiene peso y derrama abundante sangre. La novedad está en las habilidades de Crane, como el Modo Bestia, que le permite destrozar todo a su paso durante un tiempo limitado.

Las armas disponibles son más diversas que nunca: martillos, cuchillos, bates y hasta improvisados trituradores de huesos. Cada arma tiene un nivel que indica su efectividad, y se degrada con el uso, necesitando reparaciones. Estas son limitadas: después de tres arreglos, el arma se rompe definitivamente. Este diseño obliga a los jugadores a alternar armas constantemente, manteniendo el combate dinámico y fresco.

Además, el juego incluye un sistema de creación y mejoras, que permite modificar armas, agregar efectos especiales o incluso crear nuevas. Por ejemplo, se puede acoplar un dispositivo a un machete que prenda fuego a los zombis con golpes críticos. Las opciones son numerosas, ofreciendo variedad en el combate cuerpo a cuerpo. Aunque no simula un combate real mano a mano, este requiere estrategia y planificación, considerando el tiempo, la posición, el bloqueo y el ataque a partes específicas de los enemigos.

Además del combate cuerpo a cuerpo, también puedes utilizar armas de fuego. Al igual que las armas cuerpo a cuerpo, estas cuentan con niveles y escalado de poder. Personalmente, las usé como último recurso, debido a la escasez de munición y la dificultad para conseguirla. Las armas de fuego no restan valor al combate cuerpo a cuerpo; más bien, funcionan como un recurso de respaldo en situaciones caóticas. Aun así, disparar se siente muy satisfactorio: las escopetas son poderosas y eliminar una horda de zombis resulta increíble. Sin embargo, el ruido atrae a más enemigos, por lo que siempre hay que pensar antes de disparar.

Los enemigos en Dying Light: The Beast presentan distintos niveles de desafío, desde zombis comunes hasta monstruos especialmente mutados que exigen más habilidad y estrategia. Los zombis básicos son manejables individualmente, pero en grupos de tres o más pueden resultar abrumadores, y en esos casos, la única opción viable suele ser huir, algo que el juego reconoce como válido.

Los infectados especiales poseen habilidades únicas: algunos son ágiles y veloces, mientras que otros son enormes y resistentes. También existen jefes especiales, llamados Quimeras, que otorgan objetos únicos necesarios para avanzar en la historia y la jugabilidad. La variedad de enemigos mantiene el combate interesante y obliga al jugador a adaptarse constantemente. Además, no todos los desafíos provienen de los zombis, ya que varias facciones humanas o mutadas también recorren este mundo postapocalíptico.

Al explorar los Alpes, la recolección de recursos es inevitable, como se espera en cualquier juego de Techland y especialmente en Dying Light. Recursos como armarios, autos abandonados, departamentos o sótanos esconden piezas necesarias para fabricar y mejorar armas, así como para crear objetos de curación o herramientas como cócteles Molotov, cuchillos y explosivos. Con materiales simples puedes elaborar herramientas letales que se ajusten a tu estilo de juego.

Existen zonas especiales con recursos más raros, pero son áreas de alto riesgo y alta recompensa: básicamente más botín implica más peligro. Todo esto se combina con el ciclo día-noche, que sigue siendo un elemento clave de tensión. Durante el día, el juego es peligroso pero manejable, lo que permite explorar y combatir. Sin embargo, de noche, la situación cambia radicalmente: la visibilidad disminuye y el ambiente se vuelve más aterrador, liberando a los temibles Volátiles. Con estos mutantes, el combate es inútil; si te detectan, solo queda correr para refugiarse, algo que la franquicia ha sabido instaurar muy bien desde su primer juego.

En términos gráficos, Dying Light: The Beast luce espectacular. El único punto débil perceptible es cierta variación en la calidad de los objetos entre las zonas urbanas y los elementos a distancia. Aun así, los pueblos y ciudades están diseñados con gran detalle, mostrando habitaciones derruidas, comercios en ruinas y pizzerías deterioradas que en ocasiones resultan casi fotorrealistas. La representación del deterioro y la erosión de las construcciones humanas a lo largo del tiempo es impresionante y convincente. El juego incluye un PHOTO MODE, y pasé bastante tiempo experimentando con él. La arquitectura, combinada con los paisajes alpinos y la luz del sol, invita a capturar numerosas imágenes. Los zombis y otros enemigos también están modelados con gran fidelidad, y la tecnología de gore y desmembramiento es extremadamente detallada y violenta.

Como lo mencioné al inicio, aunque Dying Light: The Beast comenzó como una expansión, rápidamente evolucionó hasta convertirse en un proyecto mucho más ambicioso. Los jugadores que disfrutaron los títulos anteriores encontrarán aquí elementos familiares mezclados con algunos otros más refrescantes, creando una experiencia que te engancha desde el primer momento. La principal novedad es el regreso a un terror más intenso y sangriento que se aleja de la sensación más ligera de aventura-acción que ofrecía Dying Light 2.

El retorno de Kyle Crane con nuevas habilidades especiales, sumado a una historia más centrada y una refinada jugabilidad, se percibe como Dying Light en su máxima expresión. No reinventa el género, pero proporciona una experiencia intensa, envolvente y extremadamente entretenida, recordándonos por qué la saga nos conquistó desde el inicio.

gamecored score 8.5

Esta review fue escrita luego de jugar una copia digital de Dying Light: The Beast brindada por Techland para PS5.

PUNTOS BUENOS

Parkour y movilidad perfeccionados. El combate cuerpo a cuerpo es brutal y estratégico. Castor Woods y los Alpes están diseñados con gran detalle, combinando pueblos claustrofóbicos, paisajes alpinos y efectos de luz que generan un ambiente intenso y envolvente.

PUNTOS MALOS

Inconsistencias gráficas a distancia. Las armas y los vehículos tienen un papel más activo, pero el juego sigue siendo mejor cuando no se usan.

CONCLUSIÓN

Dying Light: The Beast ofrece una experiencia sangrienta y espectacular. El regreso de Kyle Crane es uno de los momentos destacados, y aunque los elementos que lo rodean no siempre encajan, hay suficiente para que resulte disfrutable.