Diez años después de revolucionar el cine de zombis con Train to Busan, Yeon Sang-ho regresa al género con Colony, una película que no busca reinventar la fórmula, sino ofrecer un espectáculo de supervivencia cargado de sangre, tensión y acción. El resultado es una experiencia bastante entretenida que introduce algunas ideas frescas dentro del género, aunque nunca alcanza el impacto emocional ni narrativo de su obra más reconocida.

Desde el primer minuto queda claro que Colony entiende perfectamente lo que busca su público. No hay largas introducciones ni misterios innecesarios: el caos comienza rápidamente y la película mantiene un ritmo constante durante casi toda su duración, priorizando la tensión antes que las explicaciones científicas sobre el origen del virus.

En esta ocasión, el brote no nace de una causa desconocida, sino de un arma biológica creada por un exinvestigador que busca vengarse de la empresa que arruinó su vida. Esta decisión permite darle un rostro humano al desastre y convierte al villano en una amenaza constante incluso antes de que aparezcan las primeras hordas de infectados.

Aunque la premisa pueda parecer familiar, Yeon Sang-ho introduce una de las ideas más interesantes que hemos visto recientemente en el cine zombi. Los infectados funcionan como una colonia de hormigas, compartiendo información entre ellos mediante una especie de mente colmena. Cada vez que uno descubre una nueva forma de localizar o atacar a los sobrevivientes, el resto aprende inmediatamente, obligando a los protagonistas a cambiar constantemente sus estrategias.

Este concepto consigue que las escenas de supervivencia sean mucho más dinámicas. No basta con encontrar una forma de engañar a los zombis una sola vez, porque ellos evolucionan casi en tiempo real. Es un pequeño cambio respecto a la fórmula tradicional, pero aporta suficiente frescura para mantener el interés durante toda la película.

Otro aspecto que merece reconocimiento es el diseño de los infectados. Las transformaciones son brutales, grotescas y muy físicas, apoyándose principalmente en efectos prácticos y en el impresionante trabajo corporal de los actores encargados de interpretar a las criaturas. Sus movimientos antinaturales generan una sensación constante de incomodidad y recuerdan por qué Corea del Sur sigue siendo una referencia dentro del cine de horror.

La violencia también es un gran punto a favor. Colony apuesta por un gore abundante, con mordidas, mutilaciones y persecuciones frenéticas que mantienen un nivel de intensidad bastante alto. Yeon Sang-ho sabe perfectamente cómo construir escenas caóticas donde el peligro parece llegar desde cualquier dirección.

Gran parte de la acción transcurre dentro de un enorme centro comercial, un escenario que funciona muy bien tanto para las secuencias de persecución como para reforzar la sensación de encierro. Cada tienda, pasillo y almacén ofrece nuevos obstáculos, haciendo que la exploración del edificio resulte variada y nunca se vuelva repetitiva.

Además, la película mantiene el tono pesimista que caracteriza al director. Los verdaderos monstruos no siempre son los zombis, sino también las personas que, frente al miedo, no dudan en traicionar, abandonar o sacrificar a los demás para aumentar mínimamente sus posibilidades de sobrevivir. Es un mensaje que Yeon Sang-ho ya había explorado antes, pero que sigue funcionando.

Sin embargo, donde Colony más acusa la comparación con Train to Busan es en sus personajes. Aunque el reparto cumple correctamente y existen relaciones interesantes, ninguno alcanza el nivel de empatía que lograban Seok-woo, Su-an o Sang-hwa en aquella película. Aquí entendemos sus motivaciones y queremos que sobrevivan, pero rara vez llegamos a involucrarnos emocionalmente con ellos de la misma manera.

Esto provoca que varias muertes, pese a estar bien ejecutadas, no tengan el mismo peso dramático que en la obra de 2016. La película funciona como thriller de supervivencia, pero no consigue rompernos emocionalmente, algo que convirtió a Train to Busan en mucho más que una simple cinta de zombis.

El desarrollo de algunos personajes secundarios también resulta bastante convencional. Muchos responden a arquetipos clásicos del género —el policía agotado, la adolescente intimidada, el novio arrogante o el guardia protector— y, aunque cumplen su función dentro de la historia, ofrecen pocas sorpresas. Tampoco ayuda que algunos giros narrativos dependan demasiado de coincidencias o conveniencias de guion. Hay momentos donde la historia fuerza ciertos encuentros o decisiones únicamente para mantener el ritmo, sacrificando algo de credibilidad en el proceso.

Aun con esas limitaciones, Yeon Sang-ho sigue demostrando que entiende perfectamente cómo construir tensión. La película rara vez pierde impulso y constantemente introduce nuevos peligros que obligan al grupo de sobrevivientes a improvisar soluciones desesperadas. También resulta interesante el trasfondo que plantea sobre la evolución humana y el control colectivo. La idea de que el villano considere a esta nueva especie conectada mentalmente como una versión «superior» de la humanidad añade un pequeño componente filosófico que, aunque nunca se desarrolla demasiado, aporta personalidad al conjunto.

Quizá la mayor virtud de la película sea entender exactamente qué quiere ser. No pretende superar Train to Busan ni reinventar el género, sino ofrecer dos horas de entretenimiento intenso, sangriento y muy bien dirigido para quienes disfrutan del cine de zombis moderno. En ese sentido, Colony no representa una nueva revolución dentro del terror, pero sí demuestra que Yeon Sang-ho todavía sabe cómo mantener vivo un género que parecía haber agotado muchas de sus ideas. Su nueva propuesta ofrece suficientes novedades para sentirse fresca, grandes escenas de acción y un concepto de infectados realmente interesante, aunque el apartado emocional nunca alcance las cotas de su obra maestra.

gamecored score 7.5

PUNTOS BUENOS

La mente colmena de los zombis aporta una mecánica fresca, obligando a los sobrevivientes a cambiar constantemente sus estrategias. Las secuencias de acción y gore están muy bien ejecutadas, con excelentes efectos prácticos y un gran trabajo físico de los actores que interpretan a los infectados. Yeon Sang-ho mantiene un ritmo intenso de principio a fin, ofreciendo un thriller de supervivencia muy entretenido y visualmente sólido.

PUNTOS MALOS

Los personajes no generan la misma empatía ni el impacto emocional que los de Train to Busan, por lo que varias muertes pierden fuerza dramática. La historia recurre a varios clichés y arquetipos del cine de zombis, sin sorprender demasiado en su desarrollo. Algunos giros de guion dependen de conveniencias narrativas, restando credibilidad a ciertos momentos.

CONCLUSIÓN

Colony ofrece un espectáculo zombi intenso y muy entretenido que refresca la fórmula con una brillante idea de mente colmena, aunque sin alcanzar la carga emocional ni la grandeza de Train to Busan.