Cuando Icarus llegó por primera vez a PC, muchos lo vieron como otro survival más dentro de un género bastante saturado. Sin embargo, detrás de esa primera impresión había una propuesta con una idea muy clara: sobrevivir bajo presión, obligándote a planificar, anticiparte y asumir las consecuencias de cada decisión. Ahora, con ICARUS: Console Edition, esa misma filosofía llega a consolas, pero con algunos ajustes que cambian el ritmo y la sensación al jugar. Personalmente, empecé con expectativas moderadas, ya que no lo había probado antes en PC, pero con el tiempo terminé encontrando una experiencia que, sin reinventar la fórmula, logra refinarla hasta convertirse en una de las más sólidas del género actualmente.

La historia cumple un papel bastante funcional: no busca deslumbrar como una superproducción, sino servir como punto de partida. Eres un prospector, enviado a un planeta hostil para recolectar recursos valiosos. Icarus es tan hermoso como letal: atmósferas tóxicas, fauna agresiva y condiciones climáticas extremas están siempre en tu contra. Cada misión comienza desde cero, con equipo limitado y un tiempo determinado para cumplir objetivos. Si no logras escapar a tiempo, lo pierdes todo. No hay grandes giros narrativos, pero sí una constante sensación de vulnerabilidad que se siente más intensa que en muchos otros survival.

El gameplay gira en torno a un ciclo sencillo en concepto, pero exigente en ejecución: aterrizas, recolectas recursos, construyes, sobrevives y te retiras. Cada intento te obliga a empezar desde cero, lo que le da un peso especial a cada decisión. Las primeras horas suelen centrarse en recolectar materiales, explorar y establecer una base. El sistema de crafteo es profundo y está dividido en niveles tecnológicos, permitiéndote avanzar progresivamente. Lo interesante es que no solo mejoras en equipo, sino en tu comprensión del entorno y en cómo optimizar tu tiempo.

La tensión es constante. El clima juega un papel clave: tormentas que destruyen estructuras, temperaturas extremas que afectan tu rendimiento y materiales que responden de forma realista a estas condiciones. Construir una base no es suficiente, hay que hacerlo bien. Además, el combate, aunque directo, exige preparación. Animales hostiles y situaciones inesperadas pueden ponerte en peligro en cualquier momento, y si caes, recuperar tu equipo puede convertirse en una odisea. El juego deja claro que no eres un héroe invencible, sino alguien que debe medir cada riesgo.

Finalmente, uno de los aspectos más interesantes es el equilibrio entre progreso a corto y largo plazo. Aunque cada misión es independiente, siempre hay recompensas que se trasladan fuera de ella, lo que da sentido a cada intento, incluso cuando fallas. ICARUS apuesta por una experiencia pausada, exigente y metódica, donde la paciencia, la planificación y el aprendizaje constante son clave. No es un juego para quienes buscan acción inmediata, sino para quienes disfrutan de sobrevivir con cada decisión bien pensada.

En Icarus, los modos de juego no son solo una variación superficial: cambian por completo el ritmo, la forma de jugar y la presión que sientes al sobrevivir. Cada uno tiene su propia filosofía, su tempo y su manera de ponerte a prueba, así que entender qué ofrece cada modo es clave para sacarle el máximo provecho. Las Timed Missions son, por así decirlo, el núcleo del juego y el punto de partida ideal. Aquí siempre tienes un objetivo claro —explorar, recolectar, eliminar amenazas o activar algo específico— pero con un límite de tiempo constante que no te deja respirar. Ese reloj te obliga a planificar cada movimiento: cuánto invertir en tu base, cuándo avanzar y cuándo retirarte. La presión del tiempo es lo que define la experiencia, y también lo que mejor te enseña las mecánicas, ya que cada misión funciona como una lección práctica.

Por otro lado, el modo Open World es justo lo contrario. No hay cuenta regresiva, así que puedes tomarte las cosas con calma: construir, explorar o simplemente experimentar a tu ritmo. Es el espacio ideal para profundizar en los sistemas del juego, optimizar procesos o desarrollar bases complejas. Aun así, no es necesariamente más fácil: el peligro sigue presente y los errores pueden costar caro, por lo que se disfruta mucho más cuando ya entiendes bien cómo funciona el juego. Luego está Outpost, la opción más relajada. Funciona casi como un sandbox donde las condiciones son más permisivas, los enemigos menos agresivos y el foco está en construir y probar cosas. Es perfecto si quieres experimentar sin presión o simplemente disfrutar de una experiencia más tranquila. Eso sí, pierde parte de la tensión y el riesgo que hacen tan especial al resto del juego.

Algo muy bien pensado es que la progresión conecta todos estos modos. La experiencia, talentos y tecnologías desbloqueadas se mantienen sin importar dónde juegues. Puedes practicar en Open World, probar ideas en Outpost y luego volver a las Timed Missions con ventaja. Esa flexibilidad evita que el juego se vuelva repetitivo y te deja elegir cómo quieres vivir la experiencia.

En cuanto a la construcción, es uno de los pilares del juego y va mucho más allá de poner cuatro paredes y un techo. Empiezas con estructuras básicas de madera, pero poco a poco el sistema se vuelve más profundo y exigente. Todo funciona de forma modular: cimientos, paredes, techos y soportes, y cada pieza tiene peso y resistencia. Si no construyes con lógica, las estructuras pueden colapsar, así que no basta con colocar piezas al azar. Además, los materiales marcan una gran diferencia. La madera es fácil de conseguir, pero frágil frente a tormentas; el viento o los rayos pueden destrozar tu base en segundos. Por eso, avanzar hacia piedra y materiales más avanzados se vuelve esencial. Cada salto tecnológico se siente como un verdadero progreso, reforzando esa idea central del juego: sobrevivir no es solo resistir, sino aprender, adaptarte y construir mejor cada vez.

La reparación de estructuras en Icarus funciona con una herramienta específica, el repair hammer. Después de una tormenta, si ves paredes agrietadas o un techo dañado, no tienes que demoler todo y empezar de cero. Basta con acercarte a la parte afectada y repararla, siempre que tengas los recursos necesarios en el inventario. Cada pieza tiene su propia “vida”, así que mientras no esté completamente destruida, puedes restaurarla sin problemas. Si ya desapareció, ahí sí toca fabricarla otra vez.

Otro detalle importante es que los elementos interiores —como estaciones de trabajo, hornos o camas— dependen directamente de la calidad de tu refugio. Si el techo gotea o la estructura no está bien cerrada, algunos equipos dejan de funcionar correctamente. Esto deja claro que construir no es solo algo visual: impacta de lleno en el gameplay. Una base sólida te protege mejor, permite avanzar en la producción y te da más seguridad frente al clima.

También entra en juego el entorno. No es lo mismo construir en medio del bosque que en una zona abierta: el fuego puede propagarse, el viento puede golpear con más fuerza… la ubicación de tu base importa tanto como los materiales que uses. Elegir bien dónde asentarte puede ahorrarte muchos problemas y recursos a largo plazo. Con el tiempo, construir deja de ser algo básico y se convierte en todo un sistema. Empiezas a pensar en distribución de espacios, almacenamiento, eficiencia y movilidad dentro de la base. En Open World, esto puede crecer hasta convertirse en una pequeña colonia, mientras que en las misiones sueles equilibrar rapidez y funcionalidad sin pensar tanto en el largo plazo.

Personalmente, esta parte de ICARUS: Console Edition fue la que más disfruté. En el modo Missions no tiene mucho sentido invertir demasiado en tu base, porque todo es temporal. Pero en Open World —o incluso en Outpost si buscas algo más relajado— construir se vuelve realmente satisfactorio. En mi caso, el Open World me atrapó más, sobre todo por esa presión constante del entorno y lo implacable que puede ser la naturaleza.

El juego logra transmitir muy bien esa sensación de supervivencia: el clima, los animales y cada decisión que tomas pueden marcar la diferencia. Además, jugar en compañía lo eleva aún más. Con hasta ocho jugadores por partida, compartir la experiencia —aunque sea con uno más— hace que todo se sienta más intenso, como si realmente estuvieras explorando un territorio desconocido donde cada paso cuenta. En lo visual, el juego también cumple con creces. Se ve muy bien, incluso por encima de muchos títulos del género en consola. Pero lo que realmente destaca es cómo todo cobra vida: las tormentas, la oscuridad, las estructuras que construyes… todo tiene peso y se siente tangible. Y lo mejor es esa sensación de progreso: ver cómo lo que haces impacta directamente en el mundo y cómo tu esfuerzo se traduce en ventajas reales mientras todo se desarrolla frente a ti.

ICARUS: Console Edition era un juego al que le tenía muchas ganas en consola, y justo llegó en un momento en el que no faltaban lanzamientos. Aun así, encontré el tiempo para meterme de lleno en su mundo, disfrutarlo y dejarnos llevar por la experiencia. Y eso, por sí solo, ya dice bastante del tipo de juego que es. Porque si algo queda claro, es que estamos ante un survival muy bien construido. Puede ser difícil, exigente e incluso implacable por momentos, pero al mismo tiempo sabe cómo enseñarte a jugarlo. Te reta, pero también te guía, y ese equilibrio no es tan común como debería en el género. Por eso, cualquier fan de los survival debería darle una oportunidad. ICARUS no solo propone un desafío constante, sino que también está diseñado para que entiendas sus sistemas y mejores con cada intento. De hecho, muchos otros juegos podrían tomar nota de cómo introduce sus mecánicas y acompaña al jugador en el proceso. En conjunto, es una experiencia que combina dificultad, aprendizaje y recompensa de una forma muy bien lograda, dejando claro que ICARUS: Console Edition hace muchas cosas bien… y sabe exactamente por qué funcionan.

gamecored score 8

Esta review fue escrita luego de jugar una copia digital de ICARUS: Console Edition brindada por GRIP DIGITAL S.R.O. para PC.

PUNTOS BUENOS

Loop de supervivencia profundo y bien equilibrado, que premia la planificación y el aprendizaje constante. Sistema de construcción sólido y con impacto real en el gameplay, no solo estético. Variedad de modos de juego, que ofrecen diferentes ritmos y estilos (tensión, exploración o sandbox).

PUNTOS MALOS

Puede ser exigente y castigador, especialmente para jugadores nuevos. La narrativa es bastante básica y poco memorable. Ritmo lento en algunos momentos, sobre todo en progresión inicial o farmeo.

CONCLUSIÓN

Un survival exigente pero muy bien diseñado que, sin reinventar el género, lo refina y lo convierte en una de las experiencias más completas en consola.