461
Views

En Bionic Bay, juegas como un científico que, tras un destello cegador, es arrastrado a un lugar desconocido mientras ve cómo una misteriosa explosión desintegra a sus colegas. No hay tiempo para entender qué pasó; lo único claro es que debes huir. Para tu sorpresa, un extraño haz de luz te ha otorgado habilidades sobrehumanas, permitiéndote moverte con una agilidad imposible y esquivar peligros que antes habrían significado una muerte segura. En este entorno hostil y claustrofóbico, cada salto cuenta, y un solo error podría enviarte directo al abismo.

Desde el primer momento, lo único que puedes hacer es saltar y aferrarte a lo que sea que tengas cerca, ya sea un borde o un interruptor estructural resistente. Pero no pasa mucho tiempo antes de que te des cuenta de que este lugar es un desastre en términos de seguridad. Los láseres funcionan sin ninguna barrera protectora, enormes tuberías se desploman apenas las pisas y, sinceramente, me encantaría conocer al genio que aprobó la idea de instalar armas automáticas apuntando a las cintas transportadoras en movimiento.

Afortunadamente, moverse por estos entornos es increíblemente satisfactorio. Los saltos tienen esa sensación flotante al estilo Halo, permitiéndote corregir la trayectoria en pleno vuelo sin problemas, e incluso alentándote a hacerlo. Con un giro en el aire y un impulso extra para arañar hasta el último centímetro de distancia, te la pasas escaneando el entorno en busca del siguiente punto de apoyo, como si estuvieras enhebrando una aguja entre trampas mortales. El juego equilibra perfectamente los momentos de pura adrenalina con secciones más relajadas, casi siempre acompañadas de una estética visual impresionante y eso es algo que se agradece mucho.

Bionic Bay es uno de esos juegos que demuestran cómo los gráficos minimalistas pueden tener un impacto enorme. Aquí no hay adornos innecesarios, solo acción pura y entornos pixelados llenos de peligros escondidos tras una apariencia engañosamente sencilla. Además, despierta esa curiosidad inevitable de preguntarte qué se supone que hacen todas estas gigantescas estructuras además de intentar matarte, claro.

Justo cuando empezaba a sentirme como un experto en parkour, el juego me lanzó su primera gran sorpresa. Entre los restos de un excompañero encontré un dispositivo que me otorgó la habilidad de teletransportarme o algo parecido. En realidad, era un mecanismo de intercambio: me permitía marcar un objeto inanimado y cambiar de lugar con él al presionar un botón. Al principio, parecía una solución práctica para abrir caminos bloqueados, intercambiando mi posición con cajas que obstruían el paso. Pero pronto descubrí formas más ingeniosas de usarlo, como saltar al vacío solo para intercambiarme con una plataforma flotante en el último segundo, o accionar un interruptor y desaparecer de inmediato, dejando un objeto en mi lugar. Era tan intuitivo que no podía evitar planear cada intercambio con precisión quirúrgica, buscando siempre la manera más eficiente y espectacular de avanzar.

A medida que me adentraba en esta fortaleza mecánica, cada rincón parecía esconder una amenaza nueva y más inquietante. En esta versión preliminar, el juego no tiene enemigos en el sentido tradicional, pero eso no significa que falten cosas dispuestas a acabar contigo. La maquinaria letal está por todas partes: prensas metálicas, ríos de escoria fundida, incluso tuve la sensación de que unas chispas vivientes me perseguían. A lo largo de los diez niveles que pude probar, me sorprendió una y otra vez la creatividad con la que este lugar intentaba expulsarme, mientras me reía y usaba enormes esferas metálicas para esquivar otro láser giratorio. Nunca tuve un momento de tranquilidad, pero tampoco sentí que estuviera indefenso.

Tras un nivel de transición en el que cambié mi dispositivo de teletransporte por uno de manipulación del tiempo, el juego dio otro giro, añadiendo mecánicas nuevas que sacudieron por completo la fórmula. Unos láseres verdes, que funcionaban como plataformas de salto bastante agresivas, abrieron nuevas posibilidades de movimiento, aunque un mal cálculo podía convertirlos en trampas mortales.

Conforme dominas esta frenética travesía de acrobacias imposibles, empieza a quedar claro por qué el juego tiene un modo competitivo en línea. Cuando logras encadenar movimientos perfectos, esquivando escoria ardiente y haces de luz abrasadores con precisión quirúrgica, surge una pregunta inevitable: ¿qué tan bueno soy en esto? Una partida rápida en el modo Racing contra los fantasmas de otros jugadores puede darte una respuesta, aunque quizás no sea la que esperabas.

Hacia el final de la demo, la dificultad alcanzó su punto máximo, convirtiéndose en una auténtica prueba de todo lo aprendido. Entre explosiones, láseres y proyectiles, cada movimiento debía ser preciso: saltar, rodar, marcar obstáculos para intercambiar posiciones en el último instante y teletransportarme fuera del peligro solo para ser arrastrado de inmediato por una corriente gravitatoria que me alejaba del caos. En ese momento, sentí que tenía el control total, y cada error se convirtió en una lección más en mi camino hacia la maestría del juego, lo cual lo hace increíblemente divertido.

Bionic Bay llega a PlayStation 5 y PC el 17 de abril.

Categorías de artículos:
Destacados · Noticias · PC · PlayStation · Previews
Johann Aldazábal

Director Editorial | Analista de la industria de los videojuegos y el entretenimiento | Psicólogo Clínico | Músico amateur, geek, cinéfilo.